lunes, 26 de noviembre de 2012

Capítulo 3


            Decidí coger el autobús en lugar de ir en la moto. Y mi famosa buena suerte hizo lo suyo. A correr detrás del autobús se ha dicho. Mientras pasaba la tarjeta por el lector electrónico buscaba un asiento libre, el viaje iba para largo. Una vez estuve sentada saqué mi iPod del bolsillo y le di al play y salió Payphone. Como me gustaba esa canción.
            Cuando me quise dar cuenta ya estaba llegando. La siguiente parada era la mía. Me levanté y me dirigí a la salida pero justo cuando me levanté se notó otro temblor. “En serio, ¿otra demolición?” pensé. No le di mayor importancia y me bajé del autobús. La entrada del centro comercial estaba frente por frente de la parada, de la parada en la otra dirección. Y otra vez mi buena suerte salió a pasear. Justo cuando iba a cruzar se puso el semáforo en rojo. No me importaba, no iba a llegar tarde. Una sonrisa se me escapó cuando las vi. Allí estaban, las tres locas del barrio, dispuesta a revolucionarlo todo. Y es que cada vez que me acordaba de cuando las conocí me empezaba a reír. Fue un día de chiste, cuando me vine a Madrid y era la nueva. Recuerdo como Sara se me acercó y me dijo:
            -Tú eres la nueva y yo me llamo Sara. Vente con nosotras que tienes pinta de no tener muchos amigos.- Iba con dos chicas más, Daniela y Verónica, y se quedó más ancha que larga. Pero desde ese día, las cuatro fuimos inseparables. Estuvimos juntas en los bueno y malos momentos, como cuando mi hermano murió o como cuando el padre de Vero se fugó de casa. Lo que no te destruye te hace más fuerte, y todas esas cosas nos hicieron más fuertes, nos unieron más.
            El semáforo ya se había puesto en verde y crucé. No me habían visto y lo aproveché para pillarlas por sorpresa. Estando escondida, justo al lado suyo:
            -¡Buaaah!- grito que les pegué. Dani se empezó a reír pero Sara y Vero estaban realmente asustadas. –Bueno, ¿qué película vamos a ver?
            -No lo sabemos, Noa.- dijo marcando bien el ‘Noa’. Sabía demasiado bien cuál era mi punto débil.-Da ideas, Noa.
            Su cara de satisfacción iba de oreja a oreja, pero decidí hacer oídos sordos. Al final decidimos ir a ver Titanic, que por algún motivo extraño la estaban volviendo a echar. No hace falta aclarar la cantidad de lágrimas que soltamos entre las cuatro, y el escándalo que teníamos montado.
            -¿Qué habéis hecho durante el verano?- dije, intentado recuperar la compostura.
            -Chiqui, espero que el tuyo haya sido más emocionante que el mío. Porque vaya mierda de mes que he pasado en el pueblo.- No pude evitar sentir compasión por Dani. Sus padres la tuvieron recluida todo el verano por suspender Literatura.
            -Pues el mío está siendo la re hostia, y todavía no ha acabado.- Sara y sus delicadas formas para hablar.
            -Con 10, ¿verdad?- dije. Era de esperar cual es su tipo de verano especial.
            -Ala, bruta, con 9 nada más.- y rompió a carcajadas. Al final acabamos riéndonos todas.
            Decidí apartarme un momento del grupo, para ir al servicio. Aunque, en realidad, no tenía ganas. Simplemente, que los temas de conversación de Sara, en ocasiones, me incomodaban. De camino a los aseos iba con la cabeza gacha y no vi que iba derecha a chocarme con una persona. Y me choqué.
            -Pero tú es que me sigues o qué pasa aquí. Esta mañana en la panadería, ahora aquí.- Dije intentando no sonar nerviosa.
            -¿Acaso me sigues tú a mí?- su voz sonaba más perfecta cada día, y sí, con el delante me ponía siempre nerviosa.

Capítulo 2


            Coloque la bolsa de pan de manera que no se estropease y arranqué la moto. “¿Qué ha sido ese temblor?” pensé. La posibilidad más lógica era que había demolido algún edificio cercano. Sinceramente, con la poca estabilidad que tenía, que temblase la tierra no me venía muy bien.
            Metí la llave en la cerradura, abrí la puerta y entré en casa. Un agradable olor a lasaña venía de la cocina. ¿Hay algo que supere las comidas que te hace tu madre?
            -Mamá, ya estoy en casa.- Y sin dar lugar a una respuesta me encerré en mi habitación
            El calor era agobiante por lo que conecté el aire acondicionado. Es ese momento lo que más me apetecía era quedarme ahí, tumbada. Pero era hora de ir a comer. Salí de la habitación y cerré la puerta para que se concentrase el fresquito. Dentro había dejado cargando el móvil, ya que, como por arte de magia, la luz había vuelto. Claro estaba que me tocaba poner la mesa a mí.
            -Pon los cubiertos solo para dos personas.- la voz de mi madre sonaba igual que siempre. A veces me preguntaba si de verdad era un ser humano. Parecía que ni sentía ni padecía. Me asustaba, y mucho.-Papá no viene a comer, tiene que trabajar
            La comida transcurrió tranquila, ella no era lo que se dice habladora y a mí no me apetecía hablar con un vegetal. Desde que falleció mi hermano, en esta casa ya nada volvió a ser igual. Y, aunque yo era pequeña cuando aquel accidente en la moto lo mató, me acuerdo perfectamente de cómo eran las cosas. Si había una persona que me sabía hacer feliz era él. Hay veces en las que me acuerdo de cuando me decía “pequeñaja, ¿cómo te ha ido hoy el cole?” y luego me cogía en volandas y me llevaba a jugar por la casa. En mi memoria siempre está ese día en el que no llegó, en el que no me levantó en volandas. Ese día jamás se me olvidará. Y es que ese día nos cambió a todos. Mi madre paso de ser una persona a ser un vegetal, hablaba lo justo y siempre de mala leche. Mi padre prefería estar en el trabajo antes que en casa, conmigo. Y, la verdad, es que los comprendo, no debe ser fácil perder a un hijo de 17 años, con toda la vida por delante. Pero de eso ya habían pasado ocho años. Iba siendo hora de superarlo, o de fingir que lo has superado como hacía yo.
            Y entre pensamiento y pensamiento transcurrió la comida. Recogí la mesa y me fui a mi habitación donde me esperaba mi amada cama. Tenía tiempo para una siesta, pero por si acaso puse el despertador para no llegar tarde al cine. 15 de agosto, a las 18:00. Activar alarma. La alarma estaba puesta y después elegí la ropa de la tarde. Escogí un vestido de estilo marinero de minifalda ajustado a la cintura y unas sandalias del color azul del vestido. Como la sesión era a las nueve y luego iríamos a cenar escogí también una cazadora finita que conjuntase. Una vez todo preparado me tumbé y me quedé dormida. No recuerdo bien lo que soñé.
            Ya era hora de dejar de dormir. Aún no había sonado el despertador pero pensé que así tendría más tiempo para ducharme. Y claro que tenía tiempo, cuando miré el reloj marcaba las 17:15. Desactivé la alarma y me fui a la ducha. Cuando salí de esta me sequé el flequillo pero dejé que mi relativamente larga melena se secase sola, para conservar mis ondas naturales. Me maquille lo justo y me vestí. Como aún era pronto opté por echar una partida al Bubble Shoot, un juego del móvil que me traía loca. Y cuando me quise dar cuenta ya era hora de salir de casa.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Capítulo 1


            -Mamá, que no me apetece.- No sé como me las apañaba pero siempre me tocaba a mi  bajar a por el pan, a tirar la basura…
            -Ainhoa, o bajas ahora mismo a por el pan, o despídete de salir esta tarde con tus amigas.- Y como siempre mi madre se salía con la suya.
            “Genial, como las vacaciones de verano están siendo taaan entretenidas que pretende castigarme justo el único día que mis amigas están aquí, en Madrid. Será posible.” Pensé. Y mientras maldecía a todo y a todos me dirigí hacia mi habitación para quitarme mi pijama de Phineas y Ferb y ponerme la ropa de salir a la calle. Abrí la puerta del armario y contemplé lo que había en él. Estaba claro que necesitaba ir de compras, pero no había ganas de probarme cosas. Cogí lo primero que pillé: unos shorts vaqueros y una camiseta ajustada de tirantes blanca y encima una blusa de cuadros en tonos azules. Me lo puse y fui al zapatero. Miré que calzado tenía y me decanté por las Converse vaqueras. Mientras me ataba los cordones me puse a pensar en el poco tiempo que quedaba para poder volver a verle…
            -Ainhoa, ¡qué bajes de una puñetera vez a por el pan!- Definitivamente, la paciencia de mi madre se había agotado.
            Rápidamente espabilé y fui al baño a peinarme. Puf, iba siendo ya hora de cortarme un poco las puntas.  Cogí las llaves de casa, el dinero para el pan y par unas gominolas, mi iPod y salí por la puerta. Lo mejor fue que el  ascensor no funcionaba. Lo peor no era bajar, si no que luego me iba a tocar subir siete pisos. La panadería que me gustaba no me pillaba cerca del portal así que fui a por la moto al garaje. La moto. El mejor regalo de cumpleaños que me había hecho en toda la vida. La arranqué, salí del garaje. Era extraño, ningún semáforo funcionaba. ¿Acaso se había ido la luz en toda la ciudad y por eso tampoco funcionaba el ascensor? Bueno, daba igual, mi misión era comprar dos estúpidas barras de pan.
            Encontré un buen hueco para colocar la moto, aparqué y me bajé de ella. Estaba justo en la puerta de la panadería. En la cola había bastante gente y me tocó esperar bastante. Lo cual me dio lugar a escuchar música tranquilamente. En ese momentos sonaba Rock me de One Direction, mi grupo favorito. La cola avanzaba lentamente y me estaba empezando a cabrear. Siguiente canción, y siguiente y al fin llegó mi turno.
            -Dos barras de pan, por favor.- No sé por qué extraño motivo cuando hablaba con desconocidos me salía un tono de voz como más maduro. Me daba pena a mí misma.
            -Son setenta céntimos.- Y el viejo ese que tenían por dependiente seguía igual de borde que siempre.
            Con la bolsa en la mano me dirigí a la salida de la panadería cuando me crucé con él. Allí estaba, tan perfecto como siempre. Nos quedamos mirando, tipo escena de película cursi cuando notamos el primer temblor. El temblor que lo cambiaría todo.

SINÓPSIS DE LA NOVELA

¿Que pasaría si un día vas a por el pan y ya no puedes volver a tu casa nunca más? ¿Y si lo que creías imposible se vuelve realidad? Una terrible guerra se avecina y el único modo de sobrevivir es escapar de ellos.  La historia de Ainhoa cuenta como un día todo cambia en su vida. Lo que era una vida tranquila se convierte en una huida continua para escapar del peligro. Para escapar del peligro junto a su amor platónico. ¿Casualidad? Probablemente no. Y es que en ocasiones el amor puede con todo,  al menos eso creemos ¿verdad?