-Mamá,
que no me apetece.- No sé como me las apañaba pero siempre me tocaba a mi bajar a por el pan, a tirar la basura…
-Ainhoa,
o bajas ahora mismo a por el pan, o despídete de salir esta tarde con tus
amigas.- Y como siempre mi madre se salía con la suya.
“Genial,
como las vacaciones de verano están siendo taaan entretenidas que pretende
castigarme justo el único día que mis amigas están aquí, en Madrid. Será
posible.” Pensé. Y mientras maldecía a todo y a todos me dirigí hacia mi habitación
para quitarme mi pijama de Phineas y Ferb y ponerme la ropa de salir a la
calle. Abrí la puerta del armario y contemplé lo que había en él. Estaba claro
que necesitaba ir de compras, pero no había ganas de probarme cosas. Cogí lo
primero que pillé: unos shorts vaqueros y una camiseta ajustada de tirantes
blanca y encima una blusa de cuadros en tonos azules. Me lo puse y fui al
zapatero. Miré que calzado tenía y me decanté por las Converse vaqueras.
Mientras me ataba los cordones me puse a pensar en el poco tiempo que quedaba
para poder volver a verle…
-Ainhoa,
¡qué bajes de una puñetera vez a por el pan!- Definitivamente, la paciencia de
mi madre se había agotado.
Rápidamente
espabilé y fui al baño a peinarme. Puf, iba siendo ya hora de cortarme
un poco las puntas. Cogí las llaves de
casa, el dinero para el pan y par unas gominolas, mi iPod y salí por la puerta.
Lo mejor fue que el ascensor no
funcionaba. Lo peor no era bajar, si no que luego me iba a tocar subir siete
pisos. La panadería que me gustaba no me pillaba cerca del portal así que fui a
por la moto al garaje. La moto. El mejor regalo de cumpleaños que me había
hecho en toda la vida. La arranqué, salí del garaje. Era extraño, ningún
semáforo funcionaba. ¿Acaso se había ido la luz en toda la ciudad y por eso
tampoco funcionaba el ascensor? Bueno, daba igual, mi misión era comprar dos
estúpidas barras de pan.
Encontré
un buen hueco para colocar la moto, aparqué y me bajé de ella. Estaba justo en
la puerta de la panadería. En la cola había bastante gente y me tocó esperar
bastante. Lo cual me dio lugar a escuchar música tranquilamente. En ese momentos
sonaba Rock me de One Direction, mi grupo favorito. La
cola avanzaba lentamente y me estaba empezando a cabrear. Siguiente canción, y
siguiente y al fin llegó mi turno.
-Dos barras
de pan, por favor.- No sé por qué extraño motivo cuando hablaba con
desconocidos me salía un tono de voz como más maduro. Me daba pena a mí misma.
-Son setenta
céntimos.- Y el viejo ese que tenían por dependiente seguía igual de borde que
siempre.
Con la
bolsa en la mano me dirigí a la salida de la panadería cuando me crucé con él.
Allí estaba, tan perfecto como siempre. Nos quedamos mirando, tipo escena de
película cursi cuando notamos el primer temblor. El temblor que lo cambiaría
todo.
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