lunes, 26 de noviembre de 2012

Capítulo 2


            Coloque la bolsa de pan de manera que no se estropease y arranqué la moto. “¿Qué ha sido ese temblor?” pensé. La posibilidad más lógica era que había demolido algún edificio cercano. Sinceramente, con la poca estabilidad que tenía, que temblase la tierra no me venía muy bien.
            Metí la llave en la cerradura, abrí la puerta y entré en casa. Un agradable olor a lasaña venía de la cocina. ¿Hay algo que supere las comidas que te hace tu madre?
            -Mamá, ya estoy en casa.- Y sin dar lugar a una respuesta me encerré en mi habitación
            El calor era agobiante por lo que conecté el aire acondicionado. Es ese momento lo que más me apetecía era quedarme ahí, tumbada. Pero era hora de ir a comer. Salí de la habitación y cerré la puerta para que se concentrase el fresquito. Dentro había dejado cargando el móvil, ya que, como por arte de magia, la luz había vuelto. Claro estaba que me tocaba poner la mesa a mí.
            -Pon los cubiertos solo para dos personas.- la voz de mi madre sonaba igual que siempre. A veces me preguntaba si de verdad era un ser humano. Parecía que ni sentía ni padecía. Me asustaba, y mucho.-Papá no viene a comer, tiene que trabajar
            La comida transcurrió tranquila, ella no era lo que se dice habladora y a mí no me apetecía hablar con un vegetal. Desde que falleció mi hermano, en esta casa ya nada volvió a ser igual. Y, aunque yo era pequeña cuando aquel accidente en la moto lo mató, me acuerdo perfectamente de cómo eran las cosas. Si había una persona que me sabía hacer feliz era él. Hay veces en las que me acuerdo de cuando me decía “pequeñaja, ¿cómo te ha ido hoy el cole?” y luego me cogía en volandas y me llevaba a jugar por la casa. En mi memoria siempre está ese día en el que no llegó, en el que no me levantó en volandas. Ese día jamás se me olvidará. Y es que ese día nos cambió a todos. Mi madre paso de ser una persona a ser un vegetal, hablaba lo justo y siempre de mala leche. Mi padre prefería estar en el trabajo antes que en casa, conmigo. Y, la verdad, es que los comprendo, no debe ser fácil perder a un hijo de 17 años, con toda la vida por delante. Pero de eso ya habían pasado ocho años. Iba siendo hora de superarlo, o de fingir que lo has superado como hacía yo.
            Y entre pensamiento y pensamiento transcurrió la comida. Recogí la mesa y me fui a mi habitación donde me esperaba mi amada cama. Tenía tiempo para una siesta, pero por si acaso puse el despertador para no llegar tarde al cine. 15 de agosto, a las 18:00. Activar alarma. La alarma estaba puesta y después elegí la ropa de la tarde. Escogí un vestido de estilo marinero de minifalda ajustado a la cintura y unas sandalias del color azul del vestido. Como la sesión era a las nueve y luego iríamos a cenar escogí también una cazadora finita que conjuntase. Una vez todo preparado me tumbé y me quedé dormida. No recuerdo bien lo que soñé.
            Ya era hora de dejar de dormir. Aún no había sonado el despertador pero pensé que así tendría más tiempo para ducharme. Y claro que tenía tiempo, cuando miré el reloj marcaba las 17:15. Desactivé la alarma y me fui a la ducha. Cuando salí de esta me sequé el flequillo pero dejé que mi relativamente larga melena se secase sola, para conservar mis ondas naturales. Me maquille lo justo y me vestí. Como aún era pronto opté por echar una partida al Bubble Shoot, un juego del móvil que me traía loca. Y cuando me quise dar cuenta ya era hora de salir de casa.

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